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Coraje de futuro: la valentía de ser (II parte)

Es, en nuestros momentos de zozobra o de verdadera encrucijada vital, cuando nuestras capacidades físicas, afectivas, cognitivas, espirituales y de vínculo han de dar literalmente el Do de pecho. Pero el Do de pecho nunca se improvisa. Requiere de mucho entrenamiento previo. El coraje de confrontarse con estas situaciones viene precedido de un aprendizaje y educación anterior. Y en estas lides, el sentido de la deportividad, como nos indicaba Ortega y Gasset, es requisito fundamental.

El ser humano es un ser que necesariamente debe aprender a vivir. La vida nos es dada, pero no nos es dada hecha. Nos la tenemos que construir progresivamente, etapa a etapa.

Y sólo podemos edificarla desde un proyecto de sentido (futuro) que, paradójicamente, tira de nosotros para concretarla (en el aquí y ahora). Y vivir, especialmente de forma lograda, es fundamentalmente una tarea de coraje, de valentía, de atrevimiento responsable y comprometido, de elección de modelos de estar y de ser, y de consiguientes estilos de decidir y de postular.

El coraje siempre está referido a un futuro que nos interpela, que se hace necesariamente presente (aquí y ahora) en todo tipo de situaciones de nuestra vida cotidiana. Que nadie piense que el coraje sólo interviene en las encrucijadas. Forma parte de los enseres de nuestra mochila diaria. Porque en nuestro día a día, nos jugamos el quién de nuestra identidad. Somos siempre el mismo, pero nunca somos lo mismo.

El coraje hace aparición en todas aquellas situaciones que nos retan y cambian nuestra cotidianeidad: nuevos responsabilidades, nuevos problemas, nuevos encuentros, nuevos proyectos profesionales, cambios de ámbitos funcionales y territoriales, amenazas, rupturas y reencuentros.

En estos momentos, el futuro se nos presenta como un ámbito múltiple de posibilidad:

– bien como una posibilidad u oportunidad en forma de proyecto, de ilusión, de horizonte vital que se ensancha y al que vamos a conquistar. El futuro viene a nuestro encuentro en forma de Reto y Propuesta. Iniciamos una aventura personal. La esperanza constituye el fundamento de nuestra experiencia.

– bien en su condición de realidad amenazante y potencialmente persecutoria y destructora. La realidad, entonces, la vivimos como una imposición que no pide permiso ni perdón, y que, sin embargo, espera nuestra respuesta. Respuesta, que no sentimos estar en condiciones de ofrecer. La realidad, lo otro, nos aparece como dificultad, vértigo, náusea, vacío, angustia, temor, desaliento. El peso y la carga de la realidad se sienten en los poros de nuestra identidad. La vida se nos hace pesarosa. La realidad nos pesa. Vivimos la pesadumbre existencial.

En cualquier de las dos situaciones, perfectamente descritas y narradas a lo largo del Siglo XX, somos seres futurizos. Nuestra identidad se juega sus credenciales en el mañana, ya sea éste cercano o lejano. Pero esa identidad, la decidimos desde el bagaje de nuestro pasado, las disponibilidades de nuestro presente y especialmente desde las creencias instaladas que tengamos respecto del futuro. Por eso, el Futuro es, además de un tiempo al que vamos y en el que nos encontramos, un espacio psíquico por conquistar ahora, un lugar en el que nos jugamos nuestra identidad, en el momento presente.

Aquellos que hayan sido educados en el cultivo de la esperanza, cualquiera que sea la tonalidad de su vivencia y realidad circundante, disponen de un caudal de energías que permiten el estar o salir a flote.

Continuará.

Redacción APD
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